Mostrando las entradas con la etiqueta Interpretaciones en Relacion a la Mitologia Humana. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Interpretaciones en Relacion a la Mitologia Humana. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de enero de 2009

Los Dioses Todos; Ellos; Aquellos; Estos; Nosotros

Siendo el mundo un paraje, que hace su fuerza, y se hace plenamente en nosotros, y en mí, y dentro de mí en un lugar inubicable, pero que digo que se encuentra siendo parte de aquello que no es mi esencia pero que de ella se extrae. Siendo el mundo algo tan relacionado conmigo, y estando yo tan vertido en mi conciencia hacia él, y estando tan recíprocamente determinado aquello, y resultando similar para tantos y siendo esos tantos la mayoría, no es sorprendente ni extraordinario pensar que tal esplendor de mundo en el hombre enraizado, pudo dar pie al invento peregrino de hacer un juego de identidad de lo humano del hombre en lo divino del mundo, ya que antaño aquello, que de tal modo llamábamos, no estaba separado de cada uno de nosotros, y con nosotros caminaba, estando cada quien encaminado en sus actos como se enlaza el brillo que apunta al ojo en determinados acontecimientos, fijados en lapsos e instancias que adjetivamos como “espontáneas”.
Y bien, siendo el brillo un resplandor, y siendo tal atributo un esplendor, y espléndidamente habiendo sido aquello en su magnificencia, dejamos, pues, sus cualidades en nosotros, y estando todo aquello poseído en su otra parte como un cotidiano y plebeyo individuo que sabe su pedestre agonía, no es sino evidente que surgiera tal panteón de metáforas humanas, desentendidas de nuestro turbio devenir, como esperanza otra de otros rumbos posibles, poseídos de signo y comparsa de fuero y poder.
Tal juego de panteones fue, sin dudas, arma o caricia, como no, pero tal multívoca ascendencia tuvo su parte en nosotros, atando el camino cual soga oblicua, no en su vertical sistema de unidad divina, situada en su correspondiente ámbito, allende las nubes, en los picos más altos de las montañas no atendidas ni tocadas, pero tenidas a la distancia evidente del mundo, ya lo dijimos, que en nuestras alma correspondía.
Y entonces no era el cielo la meta de tales acontecimientos, no; bastaban las montañas, de cuyos confines dejábamos duda y misterio, en nuestras arcaicas territorialidades leves y contraídas, ignorantes de aquello que tras ellas se perdía.
En aquellos días, hace tres mil años, en Grecia (o lo que en aquellos años se entendía por “Grecia”), sin saber lo que sabemos, el lenguaje era otro; otras resonancias buscaban eco, distantes del fenómeno cierto.
El hombre “no sabía”; el hombre sentía, eso sí, que algo podría saber, pero así como ¿”saber que sabe la ley que sustenta su destreza y las otras cosas que lo sustentan”?; pues no.
Ahora vemos al sol ¡y sabemos que vemos tantas cosas que se condicen y evidencian!.
Luego, claro, sin tanto infinito eco de sapiencias, el juego de señales se mezclaba; y se hacía una sola maraña de hermosura; la incipiente evidencia de alguna futura sapiencia, el sol, la blanca tela, el cerro y sus cascajales, el mar, el sentimiento, la sospecha, el deseo fisiológico, el vértigo, la lógica percepción, toda emoción concurrente, y así tantas cosas.
Integradamente, en la primitiva consecuencia de nuestro actual enciclopédico ojo, que soslaya su seña y detona sus pre-conceptos atribuidos, perfectamente fue posible que los llamados “Dioses”, no fueran sino la esperanza de fuerza y modelo de un mundo ordenado y de unas leyes rectoras; “sea el mundo y sea el orden”; contamos dos, entre ambos, nosotros, los terceros distantes que a nuestra imagen y semejanza concebimos, al otro tercero tangible, pero suficientemente maravilloso; todo aquello, todo así, confundido e inocente.
Ya no podemos hablar de sus dioses. Sus dioses ya se fueron; nunca volverán, como distante estará nuestro Dios, de nuestros sucesores, cuando nuevos mundos se abran y nuevas evidencias se presenten, de las cuales no podemos hablar, sino como profecías consecuentes.

Aquellos dioses de antes, los que ya no están, los que tanto se nombran para investir de misterio lo que algunos no pueden construir en sus sintaxis; esos dioses transfigurados, con el ojo que antes reinaba en el hombre, lucían tan evidentes como Aquel que hoy en día erigimos, tanto sea para su gloria como también para su muerte, abstracto, omnipotente y todo...

…¿Qué futura inmensidad será mañana nuestro Dios acometido, cuando sume y se conforte la aventura?

lunes, 5 de enero de 2009

μεταφορά

La metáfora
acaso subyacente
no claudica
no queda ausente
no se retira

Permanece

Delineada
o inversamente planteada
casi es como si fuera
parte de la esencia misma de la poesía

Ella

La metáfora
transfigura
para dejar a “lo otro” hacerse cargo
como si lo palmario no bastara
o como si lo palmario raramente se bastara
o como si lo evidente no pudiera estar presente,
cual kimono iluminado por el sol de la mañana
que estalla en llanto al dar cuenta
del usuario que en su muerte lo ha dejado.

Ella
la metáfora aludida recoge
con la libertad de su propia transformación
al gesto
a la seña
al hecho
a la sustancia
a la tácita presencia revelada
o a la implícita esencia figurada

Así
aquel recurso casi ineludible
nos acoge.

Metáfora del mundo
su paisaje

Metáfora del hombre
su ropaje

Metáfora del noble
su linaje

y cosas por el estilo…

…en Rimbaud es directa
y pasa del ojo al trazo
sin proemio ni distingo.

…en Rimbaud es certeza e inmediatez
y es tan así
tan libre
tan lúdica
tan abrupta
que lisa y llanamente se entiende
pero no entendemos la locura
más en semejante rito
se perpetúa la bravura


Miren su foto
si solo era un niño
pero engasta en su altanera actitud
la externa insolencia de tal desparpajo


Nació así
con ese don
aún no conocía a Onán
y ya elevaba en esplendor a lo somero
pero intenten
por un solo momento comprenderme
y por cierto que no ocurrió en todos sus textos
pero como un fogonazo
incurría su pluma en tales esplendores
él
el poderoso Arthur Rimbaud
iluminaba
con la luz a secas
que perpetúa su desdoblamiento
al hacer refulgencia lo señalado.

Con él entendí al panteón
de todos los dioses derrumbados
claro
los dioses aniquilados
por el rayo unificante que atenúa

Dios
ese dios
Adonai
Yahvé
Jehová
Alá
padre
todopoderoso
creador del cielo y de la tierra
impronta generadora
pulso subyacente
inmensa pulcritud
condensada manera
única forma
perpetua y duradera.

Él (o Ella)
qué más da
derribo a las facetas
al hacer diamante las caretas
pero no
no fue perpetuo
y
plumadas más
plumadas menos
cobraron sentido en las “Ciudades”
siendo trazo
de la hembra y su regazo
pululando entre las fraguas y el cedazo
y así

Los dioses somos nosotros
(esos manoseados “dioses”)
caminando plenamente en su esplendor

Los dioses somos nosotros

Apropiados o engendrados
del serenísimo espíritu santo;
tal surgimiento aclararemos
entre otras cosas tras lo dicho

y vuelta y retorno;

¿Son los dioses La metáfora del hombre?

¿Es el mundo la metáfora de Todo?

¿Es el universo la metáfora de Dios?

lunes, 1 de diciembre de 2008

Ícaro

Introducción
Biblioteca de Consulta Microsoft ® Encarta ® 2005.
"Dédalo, en la mitología griega, el arquitecto e inventor que diseñó para el rey Minos de Creta el laberinto en el que fue aprisionado el Minotauro, un monstruo comedor de hombres que era mitad hombre y mitad toro. El laberinto fue tan hábilmente diseñado que nadie podía escapar de ese espacio intrincado o del Minotauro. Dédalo reveló el secreto del laberinto sólo a Ariadna, hija de Minos, y ella ayudó a su amante, el héroe ateniense Teseo, a matar al monstruo y escapar. Encolerizado por la fuga, Minos encarceló a Dédalo y a su hijo Ícaro en el laberinto. Aunque los prisioneros no podían encontrar la salida, Dédalo fabricó alas de cera para que ambos pudieran salir volando del laberinto. Ícaro, sin embargo, voló demasiado cerca del sol; sus alas se derritieron y cayó al mar. Dédalo voló hasta Sicilia, donde fue recibido por el rey Cócalo. Minos persiguió después a Dédalo pero las hijas de Cócalo lo mataron."


Ícaro

Hecho el vuelo, consolidado el desacierto, muerto el causante y expuesto el error, quedan los cielos vacíos, los restos caídos y el llanto derramado, bajo un sol implacable, que no sabe de excesos ni de certeras acometidas, ya que nunca ha sido su destello, la completa manifestación de un trino que, cual arco y su flecha dispuesta, tensa un alma, apunta un destino y sugiere un sentido; que detona la marcha, condice su impulso e implica su arribo.
Luego, no fue una isla, ni tampoco un laberinto, ni fueron alas, ni fue su sol que arrastró una caída que no sucedió, sobre un suelo que no se interpuso, en el cual acaso logró desplegarse, un drama que no tuvo certidumbre ni acontecimiento, pues no era Ícaro el caído, ni Dédalo el precavido; no era el sol el destino, ni era el cielo su camino. Nadie voló, nadie murió, nadie lo supo, nadie se enteró, a no ser que alguien tan solitario como aquel fulgor aludido, hiciera carne imaginaria, a la abstracta huella del mundo, que en su trazo todo lo ata, y todo lo vuelve fecundo.
Para ir a la Página Principal de este Blog hacer click AQUÍ

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...