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Hablaremos de la obra cinematográfica, sin importar su origen, antecedentes y demás aspectos ajenos a la manifestación particular propiamente tal]
Con todo lo melifluo que puede ser el desarrollo argumental, es una película plásticamente impecable, a extremos de delicia.
Llega a la casa de una acomodada familia del futuro, un robot humanoide cuya principal función es servir. Por alguna razón propia de “ese” robot exclusivamente, en función de las ya avanzadas complejidades de esas creaciones, surge una voluntad particular, relacionada con la “personal” búsqueda de identidad, origen y destino. El protagonista camina un rumbo de “humanización”, a la par de los abismantes avances de una humanidad pulcra, limpia, impecable, perfecta, tolerante y capaz de dar lugar a la plenitud de los hombres (y de quienes aspiran a serlo) de un modo absolutamente utópico. Todo es limpieza, cumbre, sentido subjetivo y matiz de personalidades perfectibles, dentro de ambientes futuristas propios de una mente creadora impoluta, pero siempre dentro de espacios completamente acogedores y a escala humana.
Al parecer la humanidad que se muestra (acaso como colmo de un sueño de alguna nación de cuyo nombre no quiero acordarme) es todo orden y predestinado camino de las personales dignidades. En este contexto, nuestro humanoide protagonista se ve expuesto a sus propios avatares tan exacta y precisamente como se desarrolla el filme, más, ¿Cuál es el acogedor ambiente este que aludo?...
… de alguna manera este filme es naif y completamente desentendido de cualquier “suciedad” propia de la realidad que, la verdad, se omite olímpicamente. Por lo anterior es que uno se puede sentir como en aquella casa que pudo tener o que soñó con tener al ver este desarrollo tan “disecado” y separado de todo “desperfecto” propio del mundo que todos creemos conocer.
Lo atractivo, en suma, se me presenta como la voluntariosa manera de presentar un mundo imposible de un futuro bastante improbable, pero que, la verdad, todos soñamos con vivir. Como en aquellos folletos de algunas religiones, adonde se materializan las imágenes de un paraíso esperado, sobre un césped siempre verde y plagado de flores, sonrisas, alegría y empalagosa plenitud, apartada de cualquier problema o tribulación, bajo el brazo paterno del Salvador y al abrigo de toda perversión impresentable.
Esta película es un viaje políticamente impoluto hacia un mundo políticamente resuelto, donde todo ser, con la necesaria decisión y talento (y genio inconmensurable en el caso de nuestro protagonista), puede aspirar a ser lo que desee, inclusive puede aspirar a recrear su propia humanidad, que no viene intrínseca pero si se aviene de un modo connatural a un sistema en permanente incremento de perfeccionamiento. Surgen especies de tribunales supremos, capaces de conferir identidad social a una máquina, perfecta ya, dentro de este filme-espacio-instancia-truco y artilugio de aspiración y recreación.
El Hombre Bicentenario, en su magnífica representación particular, espacial, argumental y temporal, es un plato de comida circular, adonde se concentran el aperitivo, la entrada, el segundo plato, el plato de fondo, el postre, el café en grano y el habano posterior al bajativo del más fino vino de uvas tardías, dulce como el sueño edulcorado de un Sábado hacia un Domingo.
Cual descanso placentero, se avanza por la película como una siesta conciente de goce estético, que se queda latente en cuanto dispositivo, brillo, ensamble, remache, o contraste exquisito de distintos matices de metales nobles en el cuerpo o el entorno del humanoide. La creación de este hombre-robot es la propia metáfora de todo el filme, que se refleja en él como se calzan las piezas curvilíneas de una escultura de
Juan Egenau, con su orgánica manera de metalizar la “vida inerte” de una obra de arte conclusa y reposada.

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Alien, el Octavo Pasajero” (la primera obra de la serie) es su similar en un negativo, adonde el caos y la destrucción se manifiestan en el propio cuerpo de este ser asqueroso, repugnante, destructivo e insoportablemente perfecto en vida y depredación. Todo el suspenso del tránsito temporal de esta película es opresivo y enervante.
Alien como la náusea de la perfecta depredación, el Hombre Bicentenario como el opuesto constructivo de perfecto desarrollo; las dos caras de una misma moneda, sin perjuicio de que la testosterona y una actitud desafiante de aquellos que se tengan por rebeldes y suficientes, dispondrán gusto por el primero, en desprecio del segundo, por la sola suerte de olor dulzón y empalagoso ambiente que manifiesta, con aires de perfecta soledad del hombre ante su destino auspicioso y optativo.
Con esto saltamos a un tema que desde hace un tiempo me acompaña; …¿Por qué no se tiene la limpia y desprejuiciada mirada ante las obras de arte que ellas ameritan, imponiendo cada quien sus propios prejuicios para soslayarla y hacerla menguar ante las generatrices contrastadas de medidas, que no acompañan ni acompañaron a la creación en si desde su génesis?