jueves, 26 de noviembre de 2009

Lo que siento a partir de lo que sé de las fotos centenarias que presento

[©SmcArq] El hombre que posa en la foto es Sergei Mikhailovich Prokudin-Gorskii. Fue un fotógrafo e investigador que realizó, hace aproximadamente un siglo, un trabajo de documentación para el Imperio Ruso del cual era súbdito.

Contó, para estos fines, con el amplio apoyo y el generoso financiamiento del Zar Nicolás II. Fue uno de los primeros desarrolladores de la fotografía a color en la historia del hombre, por lo que sus obras vienen a ser prácticamente las primeras capaces de registrar instrumentalmente el color del mundo para la posteridad. Lo anterior de un modo técnicamente objetivo y directo desde la fuente.

No existen impresiones a color directas contemporáneas a su valioso trabajo; tal logro no fue parte de su invento. Lo que hizo Sergei Mikhailovich Prokudin-Gorskii en su momento fue generar negativos en blanco y negro simultáneos que, pasados por los filtros cromáticos adecuados, generaban una proyección múltiple y sobrepuesta de las diferentes versiones cromáticas de la misma fuente, las que se lograban presentar al público en una suerte de diapositivas momentáneas, para ser vistas a través de los artilugios necesarios, en un recinto dado.

Las imágenes en colores de este fotógrafo, pusieron a disposición del reino todo, el registro del color, como representación del esplendor de la Rusia Zarista.

La fotografía que ven en este caso corresponde al Monasterio de St. Nil' en la isla de Stolobnyi del lago Seliger, ubicado al noroeste de Moscú (“Monasterio de Nilova”).

Me pasa específicamente lo siguiente con esta foto; sé que tiene cien años de antigüedad, sé que corresponde a un registro anterior a la revolución bolchevique, y sé que es un trabajo oficial del imperio. Sé que tardó más de cinco años en materializarse también. Supongo, además, que el encargo de Su Majestad debió haber obedecido a llevar a cabo un registro esplendoroso y magnífico del reino. Esto es obvio. No pudo ser que le habilitaran un vagón de ferrocarril como estudio fotográfico, que tuviera acceso a todos los recintos, incluso los más restringidos, para retratar el defecto, el detalle y el rasgo de error, miseria o injusticia que sin dudas debió existir. Así que lo factible de ver en estas fotos es la mirada del Zar detrás del encargo del fotógrafo.

Tal esplendor es demasiado similar a lo que vemos hoy; el color presenta la realidad con el brillo y una intensidad tan parecida a lo que ocurre hoy en día, que tales atributos ameritan de un esfuerzo de lenguaje mayor al acostumbrado, con el fin de borrar décadas de prejuicio en relación al color que pensábamos que las cosas tenían en esos tiempos.

Las fotos en blanco y negro de esos años, a las que estamos acostumbrados, nos trasladan a un pasado fotográfico imaginariamente ocre, terroso, acaso lúgubre, con tendencia plena al florecimiento del detalle y la imperfección de “tales tiempos”, donde otro era el esplendor, pensábamos, algo menos apegado a la perfección de las telas, las vestimentas y otras cosas atingentes. En blanco y negro hasta el más formal y elegante modelo da cuenta de un barro o de una mancha proveniente de la tierra de las calles, de los jardines y de la vida que en esos años se tenía bajo los pies.

Es difícil hablar de esto y eso que yo sabía lo que veía, porque conocía la historia del imperio que Pedro el Grande forjara desde la época de Isaac Newton hasta el año de 1909, que fue cuando se tomaron las primeras de estas fotos.

Vuelvan a mirar el monasterio de la fotografía; refulge, levita, brilla, se traslada a un sector de la conciencia que más tiene que ver con el ideal de los sueños, del esplendor y de un paraíso que, supongo, nunca ha existido. El Zar Nicolás II encargó registrar tales imágenes para que todos las vieran y vivieran tal esplendor, pero hay algo más. El color que refulge es el mismo que hoy nos sorprende en las construcciones más nuevas; el color de los edificios de hace un siglo es el necesario para hacerlos materia de sorpresa, de placer, de impresión, de anhelo inclusive. Casi dan ganas de correr por el camino, cruzar el puente y golpear las puertas del monasterio para ver los dientes cariados del portero, con sus hábitos ortodoxos, y sentir el olor del incienso por sobre los pavimentos coloridos, y asomarse a la ventana para ver el pasto verde de la llanura. Nada de esto sucede cuando vemos una fotografía en blanco y negro. No. Ella nos llama a la nostalgia de algo ido; de algo que ya no puede ser así como ahora son las cosas. Y aparecen estas fotos y nos hablan que la majestad del color es la misma hace cien años y más.

Siento que estas imágenes fueron el registro de una estrategia de marketing tan agresiva y fantasiosa como lo son ahora las estrategias publicitarias de regímenes autoritarios y de cortometrajes de sentido turístico.

El reino, sin dudas, que no era lo que estas fotos muestran. Si así hubiera sido no habría sido un hecho palmario la revolución de Octubre que bien sabemos en qué terminó. Los Romanov fueron asesinados, exterminados, aniquilados; borrados de la faz de la tierra, y tras ellos quedó el imaginario de una Rusia reluciente, paradisíaca, imaginaria, excelsa, leve, grácil, solitaria, distante, firmemente asentada sobre las estepas y sobre las llanuras verdes, de las que ahora vemos la realidad por medio de estas maravillosas fotografías.

Los veranos han sido los mismos desde siempre. Siempre la época estival nos ha alumbrado con su luz y su calor. El agreste llamado del zumbido de los insectos sobre las flores brillantes y frágiles ha estado con nosotros desde que tenemos memoria y desde antes. Entonces el color que nos llega de una centuria atrás nos abraza y nos da esperanzas. Todo ocurrió de un modo muy parecido hacen cien años atrás, y la cabalgata de los recursos no ha dejado de recoger aquella imagen anhelada de una realidad de la que deseamos asirnos como un trapecista a su madero vital.
Todo esto me ha ocurrido.

Cuando niño caminé los faldeos de quebradas verdes, donde nada sino arbustos, aves y graznidos me rodeaban. Desde el verdor se abría el color implacable de los murallones cordilleranos que no dejaban sino irregularidad y naturaleza inabarcable por seña humana alguna. Aquello estaba hace siglos, y persiste hoy en muchos lugares, y sobre ellos, a la vuelta de una esquina de nuestros barrios surgen, aún, los palacios modernos; los que son y los que deseamos que sean; erectos cuales celadas ante nuestra imaginación, que completan el fulgor desde nuestra memoria y nuestros genes.

Miren ahora a estos niños, modestos y descalzos, ¡si podrían estar posando en mil novecientos setenta y cinco para una fotografía de las Selecciones del Reader´s Digest!, con la leyenda de Agfa y su invitación a vivir un color que ya a inicios de siglo estaba donde mismo; al paso del ojo del Zar, que buscaba su esplendor en el niño colorido que agacha su cabeza y deja brillar su cabellera, y al paso del vestuario ceremonial de innumerables etnias segregadas en su olvido y su propia ilusión. Azules profundos, dorados majestuosos, amarillos intensos, y tras ellos el musgo, la roca colorida, el cielo nuboso, tan celeste como hoy en día.

Estas fotos me han regalado el negado color exacto de hace cien años, que hasta ahora no era sino una gris estancia de sombra y añejo registro de un cielo y un mundo que dormía en su modernidad y albor.

He intentado no poetizar demasiado estos dichos, para ver si el mismo modo de la mirada y captura de la Rusia centenaria me ayudaba, como las palabras sencillas, a dejar el paso de un ojo que se encuentra en su pasado adormecido desde su propia imaginación y expectativas.

Cuando veo y disfruto el celeste orgullo de las torres centenarias de aquel templo que aún persiste, siento que estuve ahí, cuando aquí me dí y me entregué al goce de un mundo que tardó en replegarse desde su efectiva realidad colorida y persistente.

Pero ahora; hoy, se nutren las formas de la inmensa posibilidad del diseño torcido, deconstruido y antojadizo, en geometrías perdidas en su función de espectáculo agresivo de formas extraviadas desde un platónico y cartesiano reconocimiento del uso y de la simpleza formal acaecida. Y entonces me pregunto si en cien años más - Doscientos a la fecha de mil novecientos nueve – podremos realizar la verificación del mundo igualitario enquistado para bien en la perdurabilidad de la forma, su brillo y su esplendor, sin perjuicio de un tiempo plegado al tránsito imperecedero de una memoria que lucha por convencernos que el pasado era fuga de tiempos y simplezas ya idas, perdidas en el océano de registros, despistados, en nuestra propia idea de que aquello que fue hace centurias no podría sino ser lo que dejó al mundo para siempre.
Reitero. El color de hace un siglo me llega como si fuera yo quien hubiera estado presente en aquellos años de silencio y fulgor. ¿Cuál fue la plenitud de un año nuevo, de una navidad, de una efeméride pasada y de un cumpleaños zarista?, cuando tras el horizonte no reinaba sino en la impronta de una fe en la confianza hecha imagen de un reino plenipotenciario, tras el cual no sobrevenía sino el caos y la selva perdida en su ley de muerte y amenaza?.

Unos niños aquellos hombres, que no tenían idea, ni imagen del lugar allende la mano y el registro de un dominio inerte en su avance, sin perjuicio de un temor que supongo campeaba en algún rincón de palacio, al respirar el gélido abrazo de una helada brisa otoñal, capaz de augurar el fin de los tiempos estampados en las respectivas proyecciones superpuestas desde un mundo que, acaso, ya había logrado su esplendor fotográfico…

…no tuvo sino que dejar su imperio, para plegarse ante aquellos que, tras asimilar tales esplendores celestes traídos al mundo de los templos, no supieron sino de hambre de conquista y de abrazo personal, que supo hacerse carne de sable, acometida y sacrificio tras emerger de las mismas pasturas exteriores que eran el campo saturado de altiva y magnífica refulgencia de lugares y palacios solitarios, dejados a la mano del obrero, situado sobre la vista veloz de un caballo y a la par de un fusil vengador y poderoso, capaz de hacer de todo aquello una caída potente, de estrepitoso cambio y trastrocadura de roles que, sin perjuicio de su origen, no fue capaz sino de traer nuevos zares a esta tierra, situados en los mismos palacios, figurando una austeridad que bajo sus abrigos no detentaban nada sino odio y violencia altanera y vengativa…


Las fotografías aquí expuestas, y muchas más relacionadas, están en la colección de la Biblioteca del Congreso de USA. Esta institución la adquirió a los descendientes de Sergei Mikhailovich Prokudin-Gorskii.
_________________________
Las dos fotos en blanco y negro que se presenta  no corresponden a la colección comentada; solo se presentan como ilustración a un par de conceptos aquí vertidos.

Escrito el 27 de Octubre de 2009.

5 comentarios:

Lilian dijo...

Sergio:
Que emotivo y consternador!! No puedo negar que tu observacion relacionada al efecto de contenmporaneidad o permanencia en el tiempo, de estas fotos centenerias a color, es un ejercicio mental que hago a menudo cuando veo films en blanco y negro, por ejemplo. Me impresiono especialmente la foto de los ninhos sentados en esa pradera. Se ven ... See Moretan 'now'!! Digo que me impresiono porque no pude evitar sentir compasion por ellos; ese momento inmortalizado para ellos era de paz pero nosotros conocemos el futuro turbulento y doloroso que se aproximaba. La sangre que se derramo fue roja como la de ahora, eso es obvio, pero de alguna forma, las fotos del pasado en blanco y negro son casi una proteccion o velo para nuestros tiempos... Gracias por este post, me ecanto...
PS: Quiero ir a la Biblioteca del Congreso a verlas directamente

Sergio Meza C. dijo...

Me alegro haber sido claro (esta vez) :-)

Anda y postea lo que viste, si no en tu Blog, puedes hacerlo para tus amigos en facebook.

Esperamos tu reporte.

Gracias por tu comentario.

Lilian dijo...

Si, señor!
:-)

Anónimo dijo...

Me encanta tu blog

Sergio Meza C. dijo...

@Anónim@:

Muchas gracias.

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